La pintura según Freud

Hace un par de años, yo no conocía a Lucian Freud, de hecho, tuve noticias de él a la semana de su muerte. Sé que fue un artista plástico y, también, nieto de Sigmund Freud (el chiste, obvio, hubiese sido escribir: «nieto del "padre del psicoanálisis"»).

Hoy volví a leer la misma nota a partir de la cual lo conocí. Y me vuelve a interesar. Me vuelve a interesar cómo reflexiona acerca de su labor. Leo, entonces, algo más sobre él. Busco, navego, me entero de que su «primera obra maestra» fue «Niña con Rosas».

Prosigo con la lectura, me entero de que esa obra maestra es un retrato de Kitty Godley, la hija de un escultor llamado Jacob Epstein y Kathleen Garman, modelo, amante y segunda esposa del escultor.

Kitty no sólo fue la modelo de esa «primera obra maestra», sino que en 1948 se casó Lucian Freud y, frecuentemente, posó para él como modelo de otros retratos: «Chica con un gatito» o «Chica con un perro blanco».

Estas historias me interesan muy poco, ¿qué valor tienen para mí los protagonistas? ¿qué valor tiene para mí que esa pintura y no otra haya sido catalogada como su primera obra maestra? Ningún valor, no me cambian en nada, pero sí me permitieron conocer otros cuadros de él, otras obras y, al menos para eso, sirvieron.

Quiero que la pintura funcione como carne. Mi idea del retrato viene de mi insatisfacción con los retratos que se parecen a la gente. Me gustaría que mis retratos sean de la gente, no como ellos. No tener que mirar al que posa, sino ser los que posan. Para mí la pintura es la persona. Quiero que funcione para mí como lo hace la carne.

Cuanto más miras un objeto, más abstracto se vuelve, e irónicamente, más real.

¿Qué le pido a una pintura? Que sorprenda, que perturbe, que seduzca, que convenza.

Sólo me interesa la persona, en hacer una pintura de ellos, no utilizarlos para un propósito artístico ulterior. Para mí, usar a una persona para hacer algo que no es intrínseco a ella, está mal.

Me acuerdo de que Francis Bacon decía sentir que le estaba dando al arte algo que hasta entonces le faltaba. Para mí, es lo que Yeats llamaba la fascinación con lo difícil. Sólo trato de hacer lo que no puedo.

Odio el hábito y la rutina. Eso es lo que aman los perros. Aman la regularidad en todo, y yo no tengo regularidad en nada. Tengo un horario y una agenda, pero no una rutina.

Pinto personas no por lo que parecen ni a pesar de lo que parecen, sino por lo que resultan ser.

Mi trabajo es puramente autobiográfico. Es sobre mí y mi entorno. Sobre mi esperanza, mi memoria, mi sensualidad y mi compromiso. Trabajo con gente que me interesa y que me importa, en habitaciones que conozco.

Cuando miro un cuerpo me da la oportunidad de elegir qué poner en el cuadro, qué me sirve y qué no. Hay una diferencia entre los hechos y la verdad. La verdad tiene un elemento revelador. Si algo es verdad, hace algo más que impactarte por su mera existencia.

El aura de una persona o un objeto es tan parte de él como su carne. El efecto que producen en el espacio es similar al del color o los aromas. Por lo tanto, el pintor debe preocuparse tanto por el aire alrededor de su objeto como por el objeto en sí. A través de la observación y la percepción de esa atmósfera que podrá captar el sentimiento que saldrá de su pintura.

Para un pintor, todo lo que ve debe estar ahí para su uso y placer. Y como el modelo que fielmente copia no va a ser colgado al lado de la pintura, como la pintura va a estar ahí sola, no es importante si es una copia fiel del modelo.

Todo cuadro se hace con la ayuda del modelo. El problema con los desnudos es que intensifican ese intercambio. Bosquejar la cara de alguien le hace menos daño a su autoestima que bosquejar todo su cuerpo desnudo.

Si un cuadro convence o no, depende de sí mismo. El modelo sólo debe servir como punto de partida del entusiasmo del pintor. La pintura es todo lo que sienta por él, lo que crea que merece preservarse. Si un pintor tomó realmente de su modelo todo lo que tenía que tomar, ninguna persona puede ser retratada dos veces.

No quiero que ningún color se destaque. No quiero hacer un uso modernista del color, como algo independiente. Los colores plenos y saturados tienen un significado emocional que quiero evitar.

Nunca pondría en un cuadro algo que no estuvo frente a mí. Eso sería una mentira sin sentido, un mero truco de destreza, puro artificio.

Extraído de Freud, Lucian (2011) «La pintura según Freud». Radar, N° 774 (24/7/11): 3.

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